La sensación que se tiene al recorrer Andalucía es la de que el olivo tiene tanta querencia por esta tierra que siempre impondrá el ritmo visual del viaje, a pesar de que se trata de una región tan extensa que se ha llegado decir de ella que, por su diversidad bioespacial, se asemeja a un continente. El olivar no tardará en reaparecer al hilo del camino multiplicándose en un efecto espejo que da al territorio un aire de gran tapiz bordado con motivos geométricos: polígonos de superficies rayadas que remiten al equilibrio o a la armonía, y van civilizando la irregularidad del paisaje. No importa que la carretera planee por los valles o se pegue a las faldas de las montañas, no importa incluso la proximidad al mar, porque en cualquier momento el árbol totémico de los andaluces levantará su silueta en las proximidades del camino. Y enseguida se impondrá la idea de que el olivar no solo actúa como cohesionante del campo andaluz sino que existe una suerte de simbiosis entre el árbol y el territorio o, llevando al límite esta asociación, que ambos están unidos por lazos de pertenencia y los olivos crecen en Andalucía como una simple consecuencia de su mapa genético.
Debido a su larga sobrevivencia desde acebuches primarios, los olivares están marcados por la dualidad de un árbol leñoso y asilvestrado cuando se observa de cerca, que se convierte, con la lejanía, en una civilizada uniformidad de hileras hechas como de suaves e iridiscentes penachos. Lo agreste y lo amaestrado, los brotes nuevos y la corteza antigua, la espontaneidad y el orden, conviven en esas formaciones de árboles que tienen algo de fósiles vivos, de fósiles fértiles. Son esas contradicciones las que enseguida nos evocan un esfuerzo largamente mantenido, la idea de tiempo y de permanencia, la de que el presente y el pasado se vienen sumando para dar vida al olivar: plantones que han alcanzado el espesor de troncos y han arrugado sus cortezas durante décadas, que a través de los siglos han sido sometidos a la culta eficacia de las faenas hasta casi mimetizarlos con la tierra para conseguir esos alineamientos de árboles gregarios, tan disciplinados y constantes que tienen algo de prolongación del hombre que los cultiva.
Sin embargo, esos bosques repetidos por casi toda Andalucía no acaban en sí mismos sino que expanden su poder por el entorno, crean trabajo, lenguaje, riqueza, costumbres o modos de vida. Por eso, si el olivar es fiel a Andalucía, el hombre es fiel al olivar hasta el punto de no saberse quién subordina a quién. De esta antigua reciprocidad nace una cultura específica que ha evolucionado tan poco como el propio árbol milenario; tan poco que podemos hablar de un cronotopo, en el sentido que le dio a este sustantivo Mijaíl Bajtín cuando hablaba de la fusión del espacio y tiempo en una sola realidad visible, o del tiempo como una cuarta dimensión del espacio. Y es algo parecido a ese cronotopo a lo que nos llevan los ritos y labores del aceite, el folklore y los ciclos de la aceituna, o la propia imagen del olivo que en sí misma dibuja el tiempo o parece llevar el tiempo dentro.
Así que la extraña paradoja del bosque frutal, donde todo el porte leñoso y arrugado por los años está en función de la renovación efímera de las aceitunas, confiere al olivar su carácter de cultivo único que, como si estuviese enraizado en el tiempo, persiste en su floración y mantiene casi intacta su atormentada envergadura para seguir afirmando su voluntad de permanencia.
Lo que el paisaje del olivar en definitiva nos dicta es la de que en gran parte de Andalucía el olivar es historia, estancada y paradójicamente activa, una especie de inmenso texto al aire libre donde puede leerse el pasado en el presente, porque la cultura del olivo ha hecho que el tiempo se paralice sobre esas zonas agrícolas confiriéndoles una vida cerrada sobre sí misma que parece satisfecha de venir de muy lejos y de seguir renovando los ritos laborales y sociales que giran en torno a la venturosa proclamación del aceite.

Las profundas raíces del olivo.
Salvador Compán